Me duele la cabeza, también cuando respiro hondo. No puedo levantar un brazo del todo y me sube un escozor desde los tendones de los tobillos hasta las rodillas. Esta mañana he logrado terminar mi primer triatlón.
Todo comenzó hace un año y medio, celebrando un cumpleaños con mis amigos. Un comentario, una promesa y mucha diversión a costa de mis ocurrencias. Nadie me veía convertido en triatleta, aunque todos temían que fuera capaz de apuntarme a un triatlón. El caso es que comencé a posponer el comienzo de mis entrenamientos debido a los cambios laborales que tuve el año pasado. Sin embargo, mis amigos no se olvidaron de aquella ocurrencia y me siguieron preguntando, cada vez con más sorna, qué tal llevaba el triatlón. Las pasadas navidades mi médico de cabecera determinó por el resultado desfavorable de varios análisis, que mi estilo de vida sedentario dedicado al estudio no me resultaba demasiado saludable. Es verdad que podía haber vuelto a usar a diario la bicicleta como antes o retomar la fiebre que tuve por el tenis hace un par de años, pero en mi mente ya estaba la decisión de cambiar de deporte. Primero me apunté al gimnasio para recuperar la forma y dos meses después comencé a salir regularmente a correr y en bici. Gracias a mis amigos Javi y David, que me han acompañado y motivado en todos estos entrenamientos, he seguido adelante con la determinación de hacer un triatlón.
Es verdad que la piscina es lo que menos he preparado y por eso hoy casi me ahogo en el lago de la Casa de Campo. A las diéz en punto de la mañana tomábamos la salida los cerca de 200 inscritos, a los que ni las aguas verdosas ni el madrugón (yo me he levando a las 6 a.m.) les ha animado a quedarse durmiendo en la cama. Mira que el lago es grande, ¡eh!; pues había momentos en los que se hacía imposible nadar rodeado de tanta gente tratando de alcanzar la boya. Siento tanto las patadas que haya dado sin querer como las que me han dado a mí (que espero que tampoco hayan sido queriendo). Mi primera sorpresa ha llegado en la primera transición; mojado, dolorido y desorientado he comenzado a escuchar gritos con mi nombre. Los mismos amigos que me porfiaron que fuera hacer un triatlón estaban allí animándome incondicionalmente.
En el siguiente segmento de bicicleta he recuperado varios puestos tal y cómo esperaba. Todavía me resonaban sus voces cuando he vuelto a dejar la bicicleta y a salir corriendo a buscarles al pie de la carrera. He estrechado sus manos y he visto el aliento en sus caras de satisfacción. Reconozco que he pasado el resto de los tres kilómetros de carrera imaginando cómo sería la llegada a la meta, culminando este sueño agotador de tantos meses de esfuerzo. He llegado el número 88, a quince minutos del primer clasificado; cuando hace apenas cinco meses me planteaba si sería capaz de terminar la prueba. Mi mejor podium ha sido esta foto de familia de todos los que me han ayudado a conseguir mi primer triatlón:
Mi deuda con todas las personas que me han acompañado y sobre todo han compartido conmigo esta aventura, va más allá del agradecimiento. Ahora entiendo mucho mejor las sabias palabras de uno de mis amigos, que compara habitualmente la vida con el deporte en sus artículos. La fuerza de voluntad, la capacidad de esfuerzo y el afán de superación son los mejores valores que el deporte puede aportar a los tiempos que nos toca vivir. Por eso, poco más puedo decir; gracias y a por el siguiente reto.








