Nada del otro mundo
27 Mayo 2009

Alejandro Remeseiro A.K.A. "Komsumprodukt"
Me van a permitir que por un día deje de hablar de “mís labores” y ceda el protagonismo en este humilde espacio a uno de los personajes más inquietos, imprevisible e hiperactivo que me he cruzado en esta vida. Con todos ustedes… (tachán!): Alejandro Remeseiro.
Imagino que les habrá sonado raro eso de “personaje” y no de “persona”, pero lo cierto es que no quiero hablar del hombre (al cual aprecio y respecto desde hace unos cuantos años) sino de las múltiples personalidades que ha sido capaz de adoptar amparado en el anonimato de internet y sobre todo, gracias a una sobrehumana capacidad de no dormir por la noches pensando que va a ser lo próximo en lo que se va a meter…
Sin ir mas lejos su contribución al mundo de internet se materializa en el blog “Bertrand Rusell y su conjunto tropical” que actualiza con temas tan variopintos como política, música, humor o historia. Todo ello tratado de forma amena y trepidantemente divertida.
Por otro lado ha desarrollado su carrera como músico a través del seudónimo “Kosumprodukt“, experimentando con ritmos electroacusticos y samplers de la cultura popular en sus mas diversas formas. Sin ir mas lejos en el presente año ha presentado dos discos, dos, que se pueden descargar de forma gratuita: “Not really weird” y “Rumbero elegante“. No suficiente con esto ha sido capaz de enmascarar bajo un fake de ciencia-ficción un nuevo proyecto que lleva por título ”The advance antennas“.
Apegada a la música está su pasión por las ondas herzianas, que le ha llevado desde contactar como radioaficionado con cualquier emisora del planeta a dirigir su propio programa radiofónico junto al incomensurable Juan Claudio; “Estados federados de la fina Micronesia” que puede escucharse actualmente a través de Radio Arrebato.
Con tanto trajín se pueden imaginar que no recuerdo muy bien cómo le conocí. Sólo sé que desde entonces hemos coincidido en varios “saraos” cómo fue la Revista Qubo y en 2006 participó en el primer taller de cine aficionado que impartí, participando en el guión, dirección y sonorización de este cortometraje:
Qué más puedo decir. Felicidades Reme, de mayor quiero ser como tú.
“Blindness” (Fernando Meirelles, 2008)
22 Mayo 2009

Juliane Moore en "Blindness"
He visto la luz. Ahora sé que en veinte o treinta años hablaremos de Fernando Meirelles cómo actualmente lo hacemos de Alfred Hitchcook o de Luis Buñuel: Un cineasta (que no simplemente director) visualmente genial, sugerente y arriesgado al mismo tiempo, con una templanza excepcional para dar forma a todas las aristas que forman una película; guión, interpretación, realización, puesta en escena, montaje… sin que ninguna de ellas destaque virtudes ni evidencie defectos sobre las demás. Y encima no ha pinchado con ningún titulo hasta la fecha; “Ciudad de Dios” (2003) y “El jardinero fiel” (2006) resultan ambas grandes obras con un marcado estilo personal, complaciente al mismo tiempo con el gran público. Lo tiene todo, vamos.
“Blindness” es un giro de tuerca a sus anteriores propuestas mas apegadas al mundo real que trataba de reproducir cómo si de un documental ficcionado se tratase. La película transita a medio camino entre la realidad que desprende la condición humana de los personajes en situaciones límite y la alegoría representada en multitud de reflejos y destellos en las imágenes con los que inteligentemente juega el director para provocar el desconcierto y la ambigüedad en el espectador. En este sentido Matthew Davies y Tulé Peak han hecho un trabajo sensacional con el diseño de producción (algo que aquí en España no sabemos ni lo que es y así nos van las cosas) para conseguir crear el efecto deseado por el autor de la novela en la que se basa la película; José Saramago, que pidió expresamente que no se reconociera ni aludiera a ninguna ciudad o país en concreto en la película. Para ello no se dudó en elaborar esta coproducción con casi una docena de productoras de todo el mundo en un rodaje que se ha extendido por exteriores de Brasil, Canadá y Japón.
Meirelles ha tenido también que jugar a las distancias cortas, sirviéndose para ello de un reparto solvente aunque poco conocido entre los que sobresalen Juliane Moore y Gael García Bernal, quizá por ser los dos personajes antagonistas. Quizá la única pega que se le pueda poner sea que ante un reparto tan coral se hecha de menos algo más de metraje para profundizar en las vidas de cada uno de los personajes, pero esta claro que eso no es lo que importa. “Blindness” se acaba digiriendo como una de aquellas parábolas del evangelio, tras cuya narración no importaba el desenlace de la historia en sí, sino la reflexión que transmite y provoca en el espectador. Es difícil dejar de verse reflejado, de pensar en la película incluso durante la propia proyección. Meirelles lo sabe y juega como un filósofo griego a mostrarnos la verdad a través de nuestros propios ojos. Quizá sea esta ceguera una enfermedad incurable que unos padecen, algunos disfrutan y la mayoría simplemente ignora.
El cuadro y la comunidad (II)
15 Mayo 2009

- Yo creo que si le pongo las ovejas en photoshop nadie se dará cuenta
Pd: No traten de comerse un melón sin pelar, ni entender el siguiente relato sin haber leido la primera parte:
Evidentemente tenía cosas más importantes que hacer, pero por culpa de mi excesiva sociabilidad no dudé un instante en acompañar a mi vecina y varias señoras más en la ardua tarea de elegir el nuevo motivo que adornaría a partir de ahora el portal.
En la tienda en cuestión quedaban los saldos propios de cualquier liquidación y por tamaño las dos únicas alternativas eran dos cuadros abstractos, muy feos y carentes de cualquier tipo de sentido artístico. Pero ya era demasiado tarde. Al resto de vecinas les había entusiasmado la viveza de colores del primero y la sinuosidad de formas del segundo; por lo que no tardaron en convencer al dueño de la tienda de que vivíamos en frente y nos llevábamos los cuadros para ver que tal quedaban en el portal y así tomar una decisión con propiedad.
Durante las dos horas siguientes me dediqué a sostener los cuadros en la pared para que cada una de las vecinas pudiera dar su veredicto al respecto. No suficiente con ello, ningún transeunte que salía o entraba en el portal durante ese lapso de tiempo se libró de tener que dar su opinión sobre cual de los dos cuadros pegaba más con el blanco de la jardinera, el mostaza de la pared o el marrón del banco. Lo peor es que la opinión de los allí reunidos oscilaba cada cinco minutos sin ningún tipo de convicción ni criterio, creando situaciones cómicas a la par que surrealista con comentarios del tipo:
- “yo es que aquel me gusta de lejos y este más de cerca”
- “ ¿y si ponemos los dos?”
- “habría que elegir uno que no destacara demasiado no sea que se lo vuelvan a llevar…”
Supongo que si lo hubiera pensado un poco, no se me habría ocurrido a mi añadir; que si eso, cómo no parecía que los cuadros convencieran demasiado y yo, aunque fuese aficionado pintaba algo, quizá con un poco de tiempo podría hacer algún cuadro para ponerlo.
El rostro de todas las vecinas se iluminó cómo si fuese el hijo que toda madre habría querido tener. Se hizo el silencio mientras toda la comunidad meditaba mi propuesta. Una de ellas se atrevió a preguntar que si estaba dispuesto a hacerlo gratis y otra más añadió que no le importaría tener un cuadro mío en su casa. Ahora entiendo perfectamente a los que deciden irse a vivir a un chalet.
El de la tienda nos miró un poco raro cuando le devolvimos los cuadros tres horas después, sin la menor intención de comprarlos. Justo cuando nos despedíamos al caer la tarde, el presidente de la comunidad se me acercó y me dijo “no sabes en que lío te has metido, ya verás cómo da igual lo que pintes que seguro que a alguno no le gusta y la mayoría ni te lo agradece”. Pues eso, que igual me voy a Jadraque le hago una foto al Castillo, le pongo las ovejas con el photoshop y “sanseacabó”.
El cuadro y la comunidad (I)
11 Mayo 2009

lo que me dá por hacer cuando me dejan unos pinceles cerca
Desde que tengo uso de razón, recuerdo perfectamente que en el portal de mi casa siempre ha habido dos jardineras con varios ficus, un banco de madera y una enorme fotografía en sepia con la bucólica estampa de un rebaño de ovejas al pie del Castillo del Cid en Jadraque (Guadalajara). El porqué de esta “vanguardista” decoración, que se ha mantenido hasta bien entrado el nuevo milenio, no lo conoce ninguno de los miembros de la comunidad de vecinos, pues al parecer todos se lo habían encontrado así cuando entraron a vivir. Aunque visto desde fuera parezca un tanto cutre y carpetovetónico, a fuerza de pasar la vista diariamente por el cuadro de las ovejas a mí se me convirtió en algo familiar, incluso entrañable. Cómo ese osito de peluche que tanto me costó desterrar de mi cuarto, cuando ya empezaba a compartir espacio con carteles de Siniestro Total.
Bueno, el caso es que a las ovejitas les llegó su fin hace un par de años cuando se decidió, en una de esas maratonianas reunión de la comunidad de vecinos, cambiar el ascensor y (ya que nos poníamos) la puerta de la entrada, las luces de la escalera, pintar las paredes y poner extintores en cada rellano (esto último era en realidad lo único que hacía falta hacer por normativa). El problema se planteó a la hora de cambiar la decoración del portal, ya que se le quería dar un aire moderno manteniendo la armonía tradicional del edificio. Solución: se quedaron en situación inmutable los ficus y el banco labrado en madera, optándose por sustituir el cuadro del Castillo de Jadraque por otro de pintura abstracta, de esos que venden en las tiendas de decoración casi al peso.
Quizá un poco contrariados los primeros días por el eclecticismo del cambio, finalmente la rutina volvió a provocar que toda la comunidad de vecinos nos acostumbrásemos a esa composición de círculos concéntricos de color blanco y naranja que tanto llamaba la atención desde la entrada del portal, despertando la admiración de todos los transeúntes que pasaban junto a la puerta. A uno de ellos en concreto le debió llamar excepcionalmente la atención, porque no dudó en volver de madrugada con un destornillador y tras hallar la puerta abierta, entrar en el portal, desmontar el cuadro y llevárselo a su casa donde poder admirarlo sin necesitar de pasar frente a nuestro bloque.
Al día siguiente la consternación en la comunidad era evidente. Hubo incluso reproches hacia los que habían defendido modernizar la decoración del portal. Aquella noche todos soñamos con las ovejitas de Jadraque y volvimos a echarlas de menos. Pero la fuerza de la costumbre fue el remedio infalible para que durante los últimos dieciocho meses a ningún vecino le pareciera mal que nuestro portal estuviera decorado por el banco, los ficus, y cuatro alcayatas en la pared que sostenían el cuadro. Hasta que el jueves de la semana pasada, mi vecina Rosa me llama al timbre de casa y me dice que están liquidando la tienda de decoración que hay en la esquina y que baje para ayudarla a elegir otro cuadro para poner en el portal… (continuara)