El endrino o arañón, cómo tambien se le conoce en el norte. Arbusto arbóreo del que se sacan las endrinas o pacharanes.

El endrino o arañón, cómo tambien se le conoce en el norte. Arbusto arbóreo del que se sacan las endrinas o pacharanes.

Será cosa de la edad o que me estoy haciendo mayor. Pero he tenido un capricho tonto; de esos que les dán a los que se ponen a customizar una teja para que parezca una casa o los que cortan los arbustos del chalet con formas de animales. Bueno, no sé si lo mio es para tanto porque al fin y al cabo lo único que me he propuesto es hacer pacharán casero.

El caso es que viene de familia. Ya les he hablado alguna vez de mi madre “esa gallega entrañable“; pues bien,  aparte de insigne repostera es una auténtica fabricante de espirituosos. Cada vez que va a Galicia, se vuelve con varios hectómetros de aguardiente casero; de ese que se embotella en los envases vacios de la gaseosa y podría confundirse tranquilamente con agua, al no llevar la pegatina de líquido inflamable.

Entonces, cuando llega a Guadalajara, saca su faceta de “meiga” y lo mezcla con tomillo, moras o simplemente café; creando deliciosos licores que se acumulan en el fondo del mueble bar esperando a que algún incauto sonria amablemente mientras acepta tomar “una copita” despues de alguna copiosa comida.

Yo, por mi parte, me declaro un enamorado del pacharán como digestivo y complemento a una buena sobremesa. Los he probado de todos los tipos, colores y sabores; todos hechos con anís y endrinas, pero todos diferentes. Y hete aquí que seducido por la alquimia, la recolección de productos silvestres y la cocina en general me he dispuesto a crear mi propio pacharán.

Cómo vengo del mundo de la comunicación y la imagen, lo primero que se me ha ocurrido es ponerle un nombre que identifique perfectamente el producto con su productor. “Pacharán el Alcarreño” me resultaba un poco paleto. “Pacharán 1982″ parece que es añejo y yo quiero hacer una bebida joven. “Pacharán de la Fuente” es perfecto, pero queda un poco egocéntrico ¿no?. Así que cómo al fin y al cabo el Pacharán es una bebida de origen vascuence, he decidido traducir mi apellido al euskera y queda tal cual : “Pacharán Iturriaren”.

Buen nombre, si señor. Tiene fuerza, carisma y sobre todo raigambre. Je, je, je. Ya tengo comprada la garrafa de tres litros de anis dulce. También he estado investigando alguno de los ingredientes secretos que se emplean en pequeñas cantidades para matizar el sabor; café, canela, naranja, manzanilla… Supongo que me llevará varios años dar con la formula perfecta. Pero no hay problema, tengo toda la vida por delante. Solo necesito una cosa, un detalle sin importancia:

¡¡¡¿Alguien sabe dónde demonios

hay endrinas en Guadalajara?!!!

Paella y vuelta

9 Agosto 2009

Paella y vuelta (25 de junio de 2005)

Paella y vuelta (25 de junio de 2005)

Hace unos años mis amigos y yo tuvimos una curiosa ocurrencia. Ninguno teníamos tiempo, ni dinero para irnos de vacaciones a la playa. Pero no queríamos que se nos pasara el verano sin poder darnos un baño y sentarnos tranquilamente en un chiringuito mirando al mar. Apesadumbrados andábamos, apurando una cerveza en un triste bar de Guadalajara, cuando nos dijimos. ¿Y si vamos y venimos en el mismo día a Valencia?

Dicho y hecho. Eran las dos de la madrugada. Seis horas después estábamos saliendo en coche en dirección al levante, parando tan sólo a desayunar en un pueblo manchego perdido en la provincia de Cuenca. A mediodía entrábamos en Valencia, dando la sorpresa a un par de amigos que tengo en la capital del Turia. Nos llevaron a la “Malvarrosa“, donde pudimos lucir nuestras blancas extremidades al sol. Después a comer la suculenta paella que aparece en la imagen, en un restaurante a pie de playa. Incluso tuvimos tiempo de merendar una horchata con “fartons”; otra especialidad local.

Qué más se puede pedir. En seis horas de vacaciones nos dio tiempo a saborear los mejores momentos de quince días en la playa. La consigna era hacerlo todo el mismo día; así que antes de la medianoche llegábamos a Guadalajara con el culo plano de 800 Km de coche, la cara roja de tomar el sol sin protección y una sonrisa inmensa en la boca de haber burlado la rutina con unas vacaciones de lo más originales. He comido muchas paellas desde entonces, pero reconozco que ninguna me ha vuelto a saber como aquella.